jueves, 19 de noviembre de 2009

Múltiple Estafador.




Tengo un nuevo trabajo. En realidad no es tan nuevo, lo tengo hace un tiempo pero acabo de aceptarlo. Ahora soy estafador.
Un truhán. De baja estopa. Estafo a razón de 30 personas al día. No demoro más de una hora o a veces dos. Un promedio de una persona cada dos minutos. A lo sumo cuatro minutos. Ser un estafador me ha dado posibilidad de una vida cómoda y feliz los últimos cinco años. Solo se necesita ser un hipócrita y tener el descaro de una cara mediática.

¿Por qué se sientan frente a mí dos horas?, ¿por qué anotan lo que digo?, ¿porque me saludan con un temor revelado en burla cuando no estoy? hoy vi las caras de decepción de veinticinco personas cuando declaré: hoy no traje sus trabajos, los olvidé en casa. No era una excusa, hoy desperté a la madrugada y corregí de manera tranquila cada uno de los veintiocho proyectos de ensayo. Algo me hizo olvidarlos. Recuerdo que pensé en una sonrisa apenas disimulada entre labios delgados, quizá fue una caricia, un olor femenino, unas palabras escritas a la una de la mañana. O es posible que haya pensado en los pájaros de ayer: volando a ras de suelo, tomando hierbas secas, agrupados, moviendo sus alas hacia un lado y otro. Desee tener una cámara y... ¿se dan cuenta porqué los olvidé? digresión tras digresión. Así es mi día. Digresión tras digresión.

Solo me quedan dos opciones: reclamar mi derecho a estafar, dado que soy víctima de estafadores (de ellos aprendí, maestros en el arte) o salir de ahí y aceptar lo que venga. La primera me deja modo de vida, la segunda tiempo libre. No es posible tener las dos. Decidiré después. Aún me queda una temporada en el empleo. Ahora los puedo estafar consciente de mi traición. Quizá pierda el rostro mediático, quizá deje la mediocridad declarada hasta el día de hoy. ¡¿Qué hacer... qué hacer?!


miércoles, 18 de noviembre de 2009

Tal vez fue María Teresa León




Creo que unos días atrás había soñado con Amarilla. Sí. Había soñado que Amarilla y sus gatos recorrían las calles mientras la lluvia negra de la noche cubría la copa diminuta de los árboles. Creo que después entonces me enamoré del viento y de las cosas más insignificantes, de las hormigas, del arroz, de los helados de chocolate con nueces. El caso era que me había enamorado de alguien que estaba detrás del vidrio de los vestidos floreados y que desde ese vidrio me hacía señas con los ojos grandes, marinos, mediterráneos. Entonces Amarilla desapareció de los sueños juntando los pies y cambiando radicalmente de acera y todo con el fin de sumergirse durante veinticinco minutos con sus pájaros a solas en su casa. Se fue con dos paquetes de tostadas, dos barras de chocolatinas y por fin me dejó en paz. Se fue con sus gatos y a lo mejor se metieron a un bar y pidieron vodka con flores, con muchas flores. Una vez se deslizo Amarilla por dentro de mi nariz a ese olor que se siente a las cinco de la tarde en la parte más delgada de la sabana. Ese olor previo al enamoramiento. Tal vez alguna vez nos vimos lambiendo nuestros cuerpos por corrientes de chocolate caliente, tal vez ella estaba en el misma posición, tal vez tomamos café en la misma terraza a las cinco de la tarde o a las diez de la mañana, tal vez nos cruzamos en la misma librería y hojeamos los mismos libros, tal vez compramos y comimos del mismo pan, tal vez nos miramos bajo la ola amarilla del verano o tal vez nos soñamos mutuamente desde el fondo de nuestras sonrisas transparentes. 


Tal vez se llama Catherine, Julie, Christine, Odile, Lucile, Chantal, María, Therese, Benedicte, Caroline, Stephanie, Isabelle, Florence, Brigitte, Nathalie, Corinne, Virginnie, Alexandra, Laure, Anne, Emanuelle, Christianne, Anais, Marion y tal vez tiene todas las estrellas reunidas en la palma de sus manos, tal vez tiene mil caballos transparentes en su cabello dorado, tal vez tiene el sabor de de las flores amarillas de las montañas en su cuerpo, tal vez tiene un millón de rosas invisibles en sus labios dulces, tal vez tiene dos corazones, tres corazones, cuatro corazones, cinco corazones, mil corazones lindos que palpitan como relojes enamorados en la mitad de su carne, tal vez es capaz de hacer de nuevo el fuego, la rueda, los puentes, las ventanas, las puertas, los vientos, las sombras, tal vez sea amiga de los árboles, de los osos, de las águilas, tal vez las piedras, los caminos, los niños, los gatos, las calles, tal vez todo, absolutamente todo esté enamorado de esta mujer que tal vez se llama Catherine, Julie, Christine, Odile, Lucile, Chantal, María, Therese, Benedicte, Caroline, Stephanie, Isabelle, Florence, Brigitte, Nathalie, Corinne, Virginnie, Alexandra, Laure, Anne, Emanuelle, Christianne, Anais, Marion.

martes, 17 de noviembre de 2009

Bienvenidos sean sus besos Clandestinos…



Dos horas libres. Aprovecho para tomar un café y leer un poco. Busco una silla escondida, una esquina difícil de llegar. Me siento y, frente a mí, una pareja se toma de la mano. Ella no tiene más de trece, él no tiene más de catorce.   
Abro el texto con la pretensión de leer, pero me doy cuenta rápido que al avance en la historia será reemplazado por la observación. Mis ojos se desplazan hacia ellos: ahora se besan, en un beso largo, pasional. Me doy cuenta que, para la pareja, no valgo nada así que dejo el libro a un lado y los miro directamente. Tomo un poco de café, ya está frío. los besos adolescentes duran mucho, alcanzo a pensar varias cosas mientras el primer y único beso largo se termina: los pies de ella giran en la punta hay algo de infantil ahí, los pies de él golpean el piso como si siguiera una canción, las manos unidas atenazan un bolígrafo que extrañamente está a punto de caer, él la toma por detrás de la cabeza como acercándola, ella lo toma por la cintura no sé si lo aleja o lo acerca, cada extremidad se une al cuerpo del otro, como atenazándolo, aprendiéndolo. Al final, un gesto en la boca que llega a ser erótico, rubor de melocotón ascendiente, una sonrisa disimulada de los dos, sensibilidad que nace, hormonas que reclaman su existencia. Tomo otro sorbo de café. Llega un amigo a la mesa, los mira. "En esa época, cada beso -me dijo- debía durar exactamente uno de los lados de un vinilo; el beso se cortaba para cambiar el disco de lado y seguir con otro beso".

Felices tiempos aquellos de besos largos y apasionados. Felices momentos en los que se creía que cada amor era para toda la vida, y no creíamos que una pareja era el reflejo macabro de un monstruo arquetípico.

viernes, 13 de noviembre de 2009

AL DERECHO



Este es un ejercicio de creación que he estado haciendo últimamente acerca de los cinco cuentos que tengo que pasar al comité editorial del taller de Renata. Espero que sea de bastante agrado para los que degustan de una buena historia

Me dijeron que las negras, que la guerra, que la rumba, que las putas, que la droga, que la gente que estaba más loca que una cabra, pero yo llegué a Bogotá sabiendo qué quería de la vida. Antes había huido del mundo, de mis padres divorciados, de las raíces de mi pueblo, de la historia triste de mi vida. Antes, en verdad, huía de mi mismo, de mis achaques de joven lisiado.
Ya había pasado por México. En el DF me quedé dos años con una alemana de piernas largas y sexo fácil. ¡Pobre niña rica!, una puta que no le cobraba a nadie porque era más sola que una piedra. Curiosamente era una piedra hermosa, delgada, y ágil pero al mismo tiempo era la piedra más pérdida de toda esta generación de fantasmas.

Luego pasé por Nicaragua y viví en un pueblo de pescadores que mira hacia el pacifico, al sur. La vida en los caseríos, frente al mar, puede ser tan hermosa y cruel que cuando te das cuenta ya eres un mueble, ya eres una cosa que respira: una palmera, una lagartija, una estera, un grano de arena, una ola que viene y no vuelve. He pensado que puede ser el efecto del mar que con su rumor de las olas nos hipnotiza o puede ser por tener todo el día para no hacer nada y hacerlo. O sea, es la nada y la ruina fumando yerba en el olvido o ver pasar la infinitud de la vida follando con cualquier hembra hasta el hastío. Yo me hastié.


El destino me condujo a Panamá y allí me dediqué a perfeccionar mi español de Lisboa. Viví en una casa de techos rojos, de gente alegre. Me quedé con una familia que alquilaba habitaciones en el centro de la ciudad. Simpaticé con ellos, les gustaba que fuera extranjero y me convidaban a sus fiestas familiares como si fuera un primo más, un tío. Fui padrino de bautizo de uno de sus hijos y cuando les dije que me iba intentaron retenerme pero nada puede retenernos, nada ni nadie.


Todavía estando allí; una noche, a la entrada de una discoteca, una mulata, hija de negro y blanca, Cartagenera y periquera como ninguna otra haya conocido después, del color de la arena e ingrávida como la paloma, volvió a hablarme de Colombia –en México se habla mucho de Colombia, de su cocaína, de la marihuana que bajan de la Sierra, del vallenato, de los juglares.

Haciendo fila para entrar me dijo que en tres días volvería a su tierra: “Soy cartagenera pero vivo en Bogotá”.


La mujer era un encanto, parecía un animal que nunca antes había visto. Una sirena, una flauta, una nube. Así que no desperdicié la noche. Le dije: “Quiero que seas mi puta”; pero ella me dijo: “Yo no soy ninguna puta, estoy de vacaciones, estudio derecho, voy a ser abogada, me gusta la política y la historia antigua de Roma, así que sólo hago de puta para mis novios y tú eres un desconocido”. Luego sonrió.


En Lisboa mi padre sostiene que la religión que profesan todas las religiones es la religión del dinero; por eso no se considera un ateo. Mi padre en Lisboa es un hombre prospero que aplica el poder persuasivo del dinero en todos sus negocios; todo es corruptible, incluso las almas. Una tarde, después del accidente que tuve en la moto, me dijo: “el hombre que aprende a contar es presa fácil de sus cuentas, no lo olvides jamás…”


Esa noche, en medio de los tragos, yo me acordé de él, de su historia, de mis raíces, del hombre que soy y seré hasta que muera: un contador. Entonces le dije a la mujer que ya era polvo y arena: “Te doy tres millones si pasas la noche conmigo”.


Como era de suponerse ella pasó la noche conmigo, la teoría de mi padre resultó cierta. Ella contaba tan bien como yo, como todos.


Han pasado dos años desde aquella noche. Dos años desde que llegué a Colombia, a Bogotá. Dos años desde que la busco entre las negras, entre la rumba, entre las putas, entre la droga, entre una gente que está más loca que una cabra y que yo.


Llevo dos años aquí y nada que encuentro a la mujer que esa noche se robo la prótesis de mi pierna derecha y los sueños de mi corazón.


jueves, 12 de noviembre de 2009

El despertar de un gusano

Hoy amanecí con ganas de ser gusano, de estar clavado con alfileres que, en proporción, serán estacas de metal atravesando mi cabeza con total facilidad. Atravesado, disecado y expuesto sobre una plancha blanca frente a la que la gente dirá: "Mira, este parece un gusano de guayaba, pero más grande, más blanco y lánguido". No, la gente no habla así, a no ser que estén en una exposición de arte donde dicen 'lánguido' o 'metaficcional' para demostrar que saben, aunque no siempre sea así. Pero me pierdo del tema, me voy por las ramas arrastrándome como gusano.

No quiero levantarme de esta plancha blanca, y quiero que cuando quiera no pueda hacerlo, pues estaré clavado y expuesto como gusano de museo, iluminado y perdido entre insectos y animales.



miércoles, 11 de noviembre de 2009

Ese no que es un sí

Los brazos luchan al agarre. El rostro desilusionado por la rendición. Otra vez el baile. Quiero, no quiero, quiero. Ella sonríe, me invita con su sonrisa, me captura en la trampa, en los grandes hoyuelos que nacen al mostrarme sus dientes de fiera indomable. Cazador, presa, cacería. Nuestros cuerpos se juntan, se separan, y ella dice no más. Mis labios buscan los suyos galopando por la piel de su rostro. Se encuentran. Se rechazan. Se aprisionan. Se mezclan en figuras que sólo se ven con los ojos cerrados, con el mundo lejos, excluido de este beso amotinado a la fuerza incitante de su resistencia. Me canso, o hago que me canso. Me alejo, se acerca. De nuevo el baile, y ella dice no más.

Ciclo interminable, que no quiero que acabe; ciclo vicioso del que ya soy adicto.



martes, 10 de noviembre de 2009

Semillas de Lobo.


"Secando pimientos en Salta" - TERESITA NEUMANN

Mientras se pica la habichuela, no hay problema, mientras se pica la carne, menos, pero al llegar al champiñón, al llegar a esa tersa y babosa figura empuñando el-TRAMONTINA Inox-Stainless-Brasil, algo extraño sucede, es como si esa pequeña seta tuviera verdaderas entrañas de carne animal. Las hifas dan la impresión de contener un código que destiempla la médula propia. No resulta fácil picar una trufa de estas en soledad.

Ahora comprendo con toda la suficiencia del caso, las especulaciones cinematográficas de los años cincuenta; donde un ejército de tomates iracundos se toma una ciudad a sangre y salsa, y toda una verdulería infesta y despedaza a la especie humana hasta el fin de los tiempos.
Crece la sombra de su presencia. La olla bulle con furia, la salsa-infusión entre tomate, pimentón, carne y los pellizcos de albahaca intentan acallar la furia de esas pequeñas bestias, que sueltan insultos en el reventar de cada burbuja agitada: maricón, maricón, poco hombre… brup, brup, brup… lenguaje glucogenal, inentendible para mis conocimientos en lenguas.

En la primera agitada del guisado, aún se escuchan murmullos denigrantes, resuelvo entonces machacar con el borde de la cuchara las julianas de sus restos. A ver si se atreven de nuevo a esa sucia gritería sobre el plato.

En primera instancia la textura está bien, la conciencia de los sabores y la delicadeza de los aromas, logran enamorar al comensal en un primer acercamiento. Sin embargo, y no sabemos bien aún cómo catalogar este sabor, algo muy cercano a la amargura, logra sacar a este plato tradicional de la categoría de excelso…


—y entonces ¿Cómo carajos los echo entre la olla?

—enteros, no tiene porque caer en la vulgaridad del descuartizamiento.

—pero…y… ¿asearlos si puedo?

—por supuesto.

—¿mezclarlos?
—el asunto con las fusiones, es que ustedes no diferencian entre los bastardos impíos y los verdaderos seguidores de la orden del sabor.

Se sabe por ejemplo, que el pimentón es un bastardo, primo por el lado materno del ají. Este último sí es un verdadero heredero del sabor. No es de conocimiento popular, que el sabor del pimentón o pimiento rojo se popularizó después de una conjura, en la que un grupo de comandos élite de la pimientera, logró adquirir el tamaño de chiles pasilla, y así terminaron colándose de forma furtiva en las ollas de los colonos en las épocas de la conquista española. Sabemos también que los sajones no gustan mucho de este sabor. Distinguen el plagio.

—o sea que, con el pimentón no...


—preferimos que no, pero resulta que la recordación de ese bastardo, está grabada en las narices de los convidados, y nosotros al ser de más fina y suave disposición, perderemos. Es un trato de mala gana...

— ¿sí o no?


—tan solo si es de carácter obligatorio, en una salsa por ejemplo, pero en platos solitarios, nosotros nos defendemos con suficiencia

Luego de haber obtenido el reconocimiento internacional, una treta trapacera y maliciosa se urdió entre las Agaricus campestris. La venganza consistió en hacer un llamado en voces secretas (sépase que el idioma fungí es universal para la especie), al temible Aspergillus

Hoy luego de largos y dolorosos meses, muere de una infección pulmonar el aclamado y reconocido cocinero tradicional Don Mario. Paz en su tumba.