Hoy amanecí con ganas de ser gusano, de estar clavado con alfileres que, en proporción, serán estacas de metal atravesando mi cabeza con total facilidad. Atravesado, disecado y expuesto sobre una plancha blanca frente a la que la gente dirá: "Mira, este parece un gusano de guayaba, pero más grande, más blanco y lánguido". No, la gente no habla así, a no ser que estén en una exposición de arte donde dicen 'lánguido' o 'metaficcional' para demostrar que saben, aunque no siempre sea así. Pero me pierdo del tema, me voy por las ramas arrastrándome como gusano.
No quiero levantarme de esta plancha blanca, y quiero que cuando quiera no pueda hacerlo, pues estaré clavado y expuesto como gusano de museo, iluminado y perdido entre insectos y animales.
Los brazos luchan al agarre. El rostro desilusionado por la rendición. Otra vez el baile. Quiero, no quiero, quiero. Ella sonríe, me invita con su sonrisa, me captura en la trampa, en los grandes hoyuelos que nacen al mostrarme sus dientes de fiera indomable. Cazador, presa, cacería. Nuestros cuerpos se juntan, se separan, y ella dice no más. Mis labios buscan los suyos galopando por la piel de su rostro. Se encuentran. Se rechazan. Se aprisionan. Se mezclan en figuras que sólo se ven con los ojos cerrados, con el mundo lejos, excluido de este beso amotinado a la fuerza incitante de su resistencia. Me canso, o hago que me canso. Me alejo, se acerca. De nuevo el baile, y ella dice no más.
Ciclo interminable, que no quiero que acabe; ciclo vicioso del que ya soy adicto.
Mientras se pica la habichuela, no hay problema, mientras se pica la carne, menos, pero al llegar al champiñón, al llegar a esa tersa y babosa figura empuñando el-TRAMONTINA Inox-Stainless-Brasil, algo extraño sucede, es como si esa pequeña seta tuviera verdaderas entrañas de carne animal. Las hifas dan la impresión de contener un código que destiempla la médula propia. No resulta fácil picar una trufa de estas en soledad.
Ahora comprendo con toda la suficiencia del caso, las especulaciones cinematográficas de los años cincuenta; donde un ejército de tomates iracundos se toma una ciudad a sangre y salsa, y toda una verdulería infesta y despedaza a la especie humana hasta el fin de los tiempos.
Crece la sombra de su presencia. La olla bulle con furia, la salsa-infusión entre tomate, pimentón, carne y los pellizcos de albahaca intentan acallar la furia de esas pequeñas bestias, que sueltan insultos en el reventar de cada burbuja agitada: maricón, maricón, poco hombre… brup, brup, brup… lenguaje glucogenal, inentendible para mis conocimientos en lenguas.
En la primera agitada del guisado, aún se escuchan murmullos denigrantes, resuelvo entonces machacar con el borde de la cuchara las julianas de sus restos. A ver si se atreven de nuevo a esa sucia gritería sobre el plato.
En primera instancia la textura está bien, la conciencia de los sabores y la delicadeza de los aromas, logran enamorar al comensal en un primer acercamiento. Sin embargo, y no sabemos bien aún cómo catalogar este sabor, algo muy cercano a la amargura, logra sacar a este plato tradicional de la categoría de excelso…
—y entonces ¿Cómo carajos los echo entre la olla?
—enteros, no tiene porque caer en la vulgaridad del descuartizamiento.
—pero…y… ¿asearlos si puedo?
—por supuesto.
—¿mezclarlos?
—el asunto con las fusiones, es que ustedes no diferencian entre los bastardos impíos y los verdaderos seguidores de la orden del sabor.
Se sabe por ejemplo, que el pimentón es un bastardo, primo por el lado materno del ají. Este último sí es un verdadero heredero del sabor. No es de conocimiento popular, que el sabor del pimentón o pimiento rojo se popularizó después de una conjura, en la que un grupo de comandos élite de la pimientera, logró adquirir el tamaño de chiles pasilla, y así terminaron colándose de forma furtiva en las ollas de los colonos en las épocas de la conquista española. Sabemos también que los sajones no gustan mucho de este sabor. Distinguen el plagio.
—o sea que, con el pimentón no...
—preferimos que no, pero resulta que la recordación de ese bastardo, está grabada en las narices de los convidados, y nosotros al ser de más fina y suave disposición, perderemos. Es un trato de mala gana...
— ¿sí o no?
—tan solo si es de carácter obligatorio, en una salsa por ejemplo, pero en platos solitarios, nosotros nos defendemos con suficiencia
Luego de haber obtenido el reconocimiento internacional, una treta trapacera y maliciosa se urdió entre las Agaricus campestris. La venganza consistió en hacer un llamado en voces secretas (sépase que el idioma fungí es universal para la especie), al temible Aspergillus
Hoy luego de largos y dolorosos meses, muere de una infección pulmonar el aclamado y reconocido cocinero tradicional Don Mario. Paz en su tumba.
Soy luz de pureza suministrada por el espíritu santo para discernir y saciar la palabra de Dios. Agradezco a Dios por mi alma inconquistable. Yo soy el amo de mi destino. Yo seré el capitán de mi alma y ustedes los moldes de creación para que se cuelen las libélulas de versos cristalinos en las noches.